SIN MAÑANA
 
 

 
 

… Era la media noche, la mayoría de las fogatas se estaban apagando, algunos bebían sus últimos tragos de dulce néctar, vino, sexo… otros, como Erdap, prefirieron contemplar su ultima vista, el pasivo río corriendo calmo y delicado, acariciando los pétalos de las flores aledañas, la luna en un cuarto menguante, las nubes dispersas blanquecinas, tan cercanas a su alma. Oliendo el roció fresco, el ultimo.

 

La guerra llevaba ya mucho tiempo, injusta guerra a decir verdad, con poco honor, los enemigos, Ellos, eran diez veces más que el pobre ejercito de Erdap, formado por poetas, escritores, soñadores, médicos, desocupados, herreros, forjadores de hierro y demás personas sin practica en la guerra. Pero aun así su honor era muy fuerte, en el pueblo de Erdap desde la más tierna infancia se enseñaban las leyendas de los dioses y las diosas que murieron para darle abrigo a sus hijos, los humanos. De esta manera, ellos se sentían, voluntariamente, obligados a morir por mantener los recuerdos de esos valientes dioses y esas bellas diosas, mantener el abrigo que les dieron…

 

Ellos se aproximaban a paso lento, sus cánticos eran bárbaros, babeando en los delicados pechos de las vírgenes secuestradas, bebiendo salvajemente el dulce vino, sucios, desinteresados por la naturaleza, el verde que tanto admiraban los habitantes del pueblo del joven Erdap.

Su llegada era inminente, no quedaban aliados a los que pedir ayuda, todos habían sido pervertidos por las promesas de que la guerra, las armas y las conquistas eran la solución para dar sentido a sus pobres vidas carentes de honor.

Las mujeres del pueblo de Erdap fueron enviadas junto a los niños pequeños hacia el sur, con la esperanza de que pasaran desapercibidas, hasta encontrar un nuevo lugar donde la paz reinase…

 

… Lágrimas corrían en las mejillas de algunos hombres, mientras sorbían pequeños tragos de liquido, estaban condenados, todos, no quedarían prisioneros ni supervivientes, era una inminente llegando por el norte, solo podían rezar sosteniendo firmemente sus armas.

 

Erdap se alejo un poco del campamento, y comenzó a meditar, nunca había conocido el amor de una dama, nunca había viajado a los grandes lagos tormentosos pero bellos al mismo tiempo que los extranjeros llamaban mares. Nada podía hacer, pero el dulce bálsamo que son los sueños no se evaporan ante las noches sin mañana prometido, al contrario, surgen más fuertes que nunca; y él soñaba, imaginaba un nuevo pueblo que fundarían los que fueron al sur, donde tal vez la paz si seria eterna y los dioses favorecerían a los jóvenes, para que nunca, nunca más tuvieran que llorar por alguna guerra sin sentido.

Aunque por dentro sabia, muy claramente, que todos los caminos habían sido tomados, y los que no, eran, para un grupo sin habilidad en la supervivencia, suicidios lentos. Sabia que todo su pueblo estaba por desaparecer, y junto con ellos los dioses y las diosas que alguna vez vivieron en un mundo extraño… 

Los rayos del sol se acercaban acechantes ya, en el horizonte la pasiva noche era abatida lentamente, la luna se ocultaba en su ataúd, las nubes se habían ido, era una mañana clara, y ellos ya estaban ahí. Frente al campamento, a escasos dos kilómetros, babeando de furia infundada, listos a masacrar.

La mayoría de los hombres del pueblo de Erdap ya estaban preparados, ya habían enterrado las copas de vino como era la tradición, era hora.

 

Erdap entonces se sintió totalmente abatido, atropellado, su cabeza daba vueltas, su respiración se acelero, estaba ante la el final, y tambaleo dando unos pasos hacia atrás, hasta que su espalda topo con un árbol rodeado de rosas, y con el golpe, varios pétalos cayeron sobre la cabeza de Erdap. El árbol no estaba antes, no había explicación, y aun así, él no la busco… Se sintió abrazado, como por una dulce mujer que aplaca el llanto de un niño, sabia que moriría, que su sangre correría en el verde que tanto amo, y se sintió feliz por ello. Esa noche había aprendido de si mismo y del humano mucho más que en aquellas noches con un sol prometido.

 

Suspiro y se integro a la cuarta fila de su ejercito, y, lentamente comenzaron a avanzar hacia Ellos… la batalla fue demasiado sangrienta, el pueblo de Erdap, ignorante de buenas armaduras fue mutilado asquerosamente, como un conejo que es atacado y devorado por chacales enfurecidos. Los miembros cortados, los cuerpos, las cabezas, una sádica alfombra, entre ellos el joven e inocente Erdap, que lucho lo mejor que pudo, y murió, como todo su pueblo.

 

Delgadas líneas rojas comenzaron a zigzaguear hacia el tranquilo riachuelo, la sangre del pueblo de Erdap seria llevada lejos, acariciada por las rosas de sus orillas… y, como dijo aquel árbol a Erdap, su sangre rociara las mejillas de aquellos, aquellos que tengan un sol para mañana, y que, ciegos, no se den cuenta

 

Naark ¥øngørk الظلا

 
 
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